
…serán ceniza, mas tendrán sentido;
polvo serán, mas polvo enamorado.
Quevedo
Sí, ahora ya está, terminó; hasta los compases finales de la canción escuchamos… De todos modos, esta charla va a ser más difícil que otras que tuvimos, porque ya no puedo reconquistarte; el gato ya se quedó sin vidas. Sí, lo sé, le diste más de siete, pero las desperdició. De todos modos necesito hablarte; dame un rato, nada más. Sí, vos oíme, o mirame, porque con alguien tengo que hablar. Si bien no fue tanto el tiempo, fueron casi dos años con las idas y las vueltas incluidas. No es para nada fácil olvidarse de una persona como vos. Sacarte de mi vida es como desclavar un clavo con la mano, o apagar un incendio con un cubito. Sí, te entiendo, no querés escucharme, pero te pido, por favor, que me dejes contarte las cosas desde mi óptica y con toda mi subjetividad.
Necesito hacer un repaso; va a llevar un rato, pero si me aguantaste mil cuatrocientos sesenta días, un par de horas no te van a hacer mal, o al menos, no te van a hacer peor. ¿No tenés tiempo? No me digas eso, hacételo. Dale, así me gusta; si vos sos buena. Además, me parece que para vos también va a ser buena la revisión; seguro que va a ayudar a que te des cuenta de que la decisión fue tomada a tiempo, y que alargarlo no tenía ningún sentido, pese a que duele mucho… Muchísimo.
Solamente necesito que volvamos a contar la historia desde el principio, con detalles; y para ver cómo se sucedió toda la cuestión, arranco desde cero.
Empezamos por azar, es cierto. Nos bastó con sintonizar una misma frecuencia, en un mismo programa de computadora. ¡Bendito! Porque de casualidad, pasó tu foto. Un pequeño cuadradito 4x4, en el que vi a una belleza, con una sonrisa pícara y esa cara de shock y jabón Cadum que me perfumó el alma y me dio una caricia de espuma.
Tenías unos ojitos tan simpáticos y chiquitos, clavados en quien te sacó la foto, aunque a mí me pareció que me mirabas y me hablabas. Tu pelo era ondulado, y tu mirada, tan bonita y compradora. ¿Cómo me iba a resistir a eso? Yo le di al sí como loco; no dudé. Sí, ya sé, dame un minuto. También di otros sí, pero éste fue especial porque me habías gustado de veras. Bueno, entiendo. Tranquila, ya vamos a llegar a ese punto.
La cuestión fue que vos también diste el visto bueno y la coincidencia se formó: Alcoyana, Alcoyana y Capri, Capri.
De ahí en más vinieron los mensajes, y me contaste que tenías veintitantos años, y que vivías por Quilmes… Japón –pensé yo–, otra vez tan lejos no me vuelvo a ir ni loco–continué con mi reflexión–. La verdad es que pensaba en el viaje y ya me daba fiaca. Bueno, ya sé que antes me había ido hasta Uruguay y no protesté, pero lo cierto es que Quilmes me pareció un lugar inhóspito, en el culo del mundo, y dos cuadras más lejos también.
No obstante, hablamos; una noche en la que habías rendido un parcial me saludaste, y te respondí, y tu quién eres, y vos quién sos, and so on.
En menos de diez minutos te había invitado a salir; total trabajabas cerca de mi casa. Inclusive te tiré esa frase gloriosa: “Nos juntamos una hora y media. Si te aburrís, no se te va a hacer tan largo, y si te divertís me vas a querer ver otro día”. Yo sabía cómo iban a salir las cosas y no dudé un solo segundo; el encuentro iba a salir bien, estaba seguro. Sí, ya sé que eso no te lo conté nunca, pero en mi cerebro no entraba la posibilidad de que no hubiera química. Y mirá que yo no soy de los confiados… Bah, eso no tiene sentido decirlo. Algo me conocés… Espero. ¡Al fin te reíste!; te juro que extrañaba esa risa. Es tan lindo poder volver a escuchar ese sonido después de un tiempo tan largo. Porque, decime la verdad, conmigo te reías. Sí, bueno, también lloraste, pero la alegría estuvo presente. Y tu voz… Te juro que me la había olvidado; así como también ese tono pícaro para decir “¿Qué querés?” o “¿Qué buscas?”, y, a continuación, mi apellido.
Luego de mi invitación vino una charla más, y en aquel cruce de palabras apareció tu frase solemne: “Tengo un mejor venir que ir”. Y no mentiste nunca; eso vos sí que no lo hiciste. Sí, yo sí lo hice, pero de tarado e inseguro, nada más: perdoname.
Sigo, por favor, vengo embalado. ¿Dale? Te pasé a buscar por tu trabajo. Esto creo que no lo sabés, pero yo llegué temprano. Me senté en el escalón y esperé un puñado de minutos. Al toque, consideré que lo mejor era cruzar la calle y mirar desde enfrente; me daba vergüenza estar parado frente a la puerta cuando vos salieras. Así que me fui a la esquina y crucé; miré una vidriera y dejé que se fueran los minutos. Sí, fue a propósito, pero la verdad es que tenía mucha timidez.
De repente, te vi y crucé. Claro, me hice el boludo. Bueno, golpes por debajo de cinturón no. No ha lugar. ¡Estabas tan linda! De pollera, con tu abrigo y alta. Muy alta, una gigante de un metro y medio, reposando sobre una de las columnas del templo al que protege. Diez metros medías, con tu tacos, doce. Y yo, diez centímetros: era un pitufo cruzando la Avenida Corrientes.
Te di un beso en el cachete –uno de los pocos que debo haberte dado, en total no más de seis, eso seguro–, caminamos y estacionamos en un bar de Avenida de Mayo. Nos sentamos en una mesa que parecía un escenario; la luz me daba en los ojos y hacía, además, un calor increíble. Me hice visera con la mano sobre el costado derecho, para así estar más cómodo.
Hablamos; cada uno dijo cosas que consideraba importantes, pero creo que yo tiré un par de bombas inesperadas para vos en una primera cita: “El sexo es el 70% de la pareja”, “No piso una iglesia para casarme ni borracho” y algunas otras frases que no recuerdo. Ah, tenés razón; sentencié que la infidelidad en algunos casos podía justificarse. ¿Un bicho raro? ¿Te parece? Mirá, yo no te vi salir corriendo en aquel momento. ¿Que deberías haberlo hecho? Espero que no lo digas en serio…
Al rato partiste rumbo a la psicóloga, quien justo ese día te iba a dar el alta. ¡Che, golpes bajos no! Parece que hubiera sido el peor de mundo… Yo te acompañé hasta el taxi y otra vez te besé en el cachete. Para mí, en la primera cita no se besa. Claro, si se pasa airoso por el primer encuentro. Generalmente en el segundo se concreta. A mí me gustan las cosas seguras, lo sabés.
No me acuerdo de cuánto tiempo pasó hasta la próxima conversación; no mucho. Ahí arreglamos una nueva salida: Puerto Madero, “Fridays”, y usé el bono simbólico para besarte. ¡Cómo me allanaste el camino, Flor! Tu cupón verbal fue como haber ganado el Prode. Porque para los tímidos, no debe haber nada más difícil que pedir un primer beso; incluso robarle un juguete a un chico debe ser más sencillo.
El siguiente encuentro fue más complicado; claro, fui un vueltero, tuve más vueltas que una calesita, pero de todos modos se dio. Of course, in your car. Besos, besos, besos y más besos. Excelente cita: por cómo besabas, besás y besarás, no le cabe un calificativo menor a ese. ¡Obvio! ¡Esos besos ya mostraban piel! Ese día los labios se nos hicieron más finos de lo que realmente son: el tercer encuentro se caía de maduro; no había dudas de que ambos lo íbamos a esperar con ansiedad.
Llegó ese sábado; fuimos a tomar algo –¡gran preludio!– y después, la excursión hacia un lugar más cómodo: apareció el viejo asomado a la ventanita y los dos, nerviosos como dos huevones quinceañeros. Entonces, la habitación, la cama, tu ropa interior verde, la piel, los besos, las sábanas y ese cuerpito hermoso.
Y si, nena… Quedé medio pelotudo después de haberte visto así. Bah, encantado, más que pelotudo, pero creo que un poco de las dos cosas. Sí, después del primero me dormí, y vos te sentiste incómoda porque pensaste que no me había gustado. Al contrario, había quedado fascinado tras los agites del amor. Igual después seguimos, pero lo cierto es que antes necesitaba un poco de sueño reparador.
Aquella madrugada levó anclas el buque del amor y le dimos duro y parejo. ¿En dónde se podía guardar tanta pasión? No había lugar, ni necesidad de dejarla descansar. Entonces la liberamos y nos veíamos muy seguido.
Bueno, aflojá con la oriental. ¿Siempre tenés que cruzar el charco? ¿Siempre con Uruguay, vos?; La piba ya se está por casar y vos todavía envuelta en la misma manta.
Es parte de la primera irregularidad, eso es cierto… En realidad, yo creo que ese problema fue el que sentenció todo. Totalmente, ahí tenés razón; yo me hacía el cómico y andaba a medias tintas por todos lados. Fui a tu casa, conocí a todos y me hacía el novio que no era, aunque lo simulaba. ¿Cara de póquer? ¡Qué sé yo! Un poco.
En breve, vino la primera separación. Duró lo que un pedo en una canasta; tu viaje por Estados Unidos, nada más. El día en que volviste, nos juntamos y ya fuimos novios. Todos felices, con rótulo y durmiendo juntos casi todos los días…, y el primer te amo. Me acuerdo, me acuerdo. Estábamos en mi cama y las cinco letras salieron de mi boca. ¡A lo macho! Sí, dejo las pavadas, quedate tranquila, Flor.
En enero nos fuimos de vacaciones, parecíamos conejos y volvimos apenas bronceados, aunque con el plan de vivir juntos. ¿Cuántas cosas para tan poquito tiempo, no? Empezamos a buscar casa para dos ¿o para tres? La pavada que hicimos por calentones… Comprábamos más Evatests, que vos Coca Cola. Y el examen de sangre… La vieja que te dijo “felicitaciones” y a mí se nubló el mundo. Sí, puteé un poco, pero para mí mismo, y después te lo conté. Finalmente, una falsa alarma: no había pequeño en el éter, ni en tu pancita con arito.
Sí, sí, ya sigo; dejame tomar algo. Miramos y revisamos clasificados. A mí me gustaba todo… Y vino esa noche… La clave, la contraseña, los mails y me descubriste, aunque era algo terminado. La vieja historia de la otra orilla que vos quisiste conocer y no paraste hasta hacerlo; ahí nació la herida que nos desangró de a poco. Me perdonaste, ¿pero a qué precio? Tenés razón, yo colaboré para que la herida no cauterizara y volví a hablar sobre cosas que quizás no correspondían, en momentos muy poco oportunos.
Sin embargo, vino el departamento y la convivencia, más corta que esperanza de pobre. No nos entendíamos un carajo, o poco. Yo, viejo lobo, lector y ajedrecista; vos, la chica de las relaciones públicas con una familia más nutrida que una parra. ¿Qué parejita, eh? No pegaba ni con cola. Sí, sí, la mentira… Sí, también fui inflexible, pero vos no te quedaste atrás… Bueno, tenés razón, al menos comprendiste un poco más algunas cosas. Yo no, estaba atrincherado en mi rincón y tiraba piñas para todos lados. Pero me sentía asfixiado y no podía hablar, tampoco sabía qué decir.
Aguantamos cinco meses viviendo juntos; nada. Una pelea más, otro reencuentro, y ahí empecé a tirar las vidas del gato por la ventana. Después pareció que había chances de mejorar, y aunque reinaba un clima belicoso, siempre, terminábamos durmiendo juntos. Incluso se podía avizorar un futuro compartido, y hasta era posible la compra del departamento, pero no: otro error. La pifié y me incineré sólo. Un mensaje boludo, otra vez la contraseña, un nuevo enojo y grande. Muy grande. ¿Ese no perdona, no? Ya sé que no… ¿Una despedida? Sí, la merecemos. Pero no una sola noche; yo quiero que sean dos. Bueno, vamos, dale; dejame darte un abrazo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario